viernes, 18 de diciembre de 2009

ARTÍCULO sobre la cultura cubana

La OMNIpotencia del Amor

Armando Chaguaceda

Estudiante de doctorado en la Universidad Veracruzana

OMNI members and collaborators.

OMNI: miembros y colaboradores.

Cuando los conocí hace varios años, en nuestra comunidad de Alamar, no acertaba comprenderlos.

A mi mente, entrenada para los rigores de la academia, el arte contemplativo y la militancia tradicional, le parecían medio locos aquellos “negros hippiosos” vestidos de túnicas, con faldas y a veces con turbantes o cascos de constructor en sus cabezas que paraban el tráfico y a los transeúntes… con sus performances irreverentes…sus meditaciones dentro de aquella multicolor casa-taller…y su entrega al caos creativo, justo a la vista de todo el mundo.

“Que aspecto tienen” decía una anciana vecina, “sí, están raros pero hacen cosas por los jóvenes de aquí…que no tienen nada que hacer..sólo sexo, reggaetón y ron” señalaba su sobrina, activista comunitaria. Desde esos días los OMNIs irrumpieron en mi vida como una aplanadora de prejuicios.

Siempre agradeceré a una amiga habernos presentado. Poco a poco fuimos construyendo una amistad intermitente…juntos compartimos la espera del Año Nuevo en un Festival capaz de desterrar, poesía mediante, los hatos marginales de nuestro barrio, juntos “le entramos” a simposios de Hip Hop, coloquios de pensamiento, talleres literarios.

OMNI Graffiti

OMNI Graffiti

Con ellos comprendí, entre refresco aguado y panes indescifrables, los “otros ritmos posibles” de la articulación y el diálogo entre proyectos culturales….de las formas alternativas de gestar el consenso y aliviar los conflictos, sustentadas en un canto de paz silente, íntimo, que deriva de un profundo sentido de compromiso con su comunidad y la tierra toda. Sentí admiración por su cubanía, huérfana de declaraciones de lealtad y manifiestos rimbombantes…

OMNI-Zona Franca

El pasado día 11 de diciembre, producto de un conflicto con el Ministerio de Cultura, OMNI-Zona Franca perdió el amparo de la institucionalidad oficial. Frente a su Taller en la Galería de Alamar, se congregaron policías, ambulancias y personas excitadas, que estaban todas ¿convencidas? ¿confundidas? de que OMNI-Zona Franca es un grupo “político.”

OMNI, taller de poesia

OMNI, taller de poesia

Los artistas transmitieron por teléfono una declaración donde enfatizaban que su única política era la poesía, la amistad y el amor. No obstante, frente a las autoridades se declararon herederos de los mártires revolucionarios cubanos de 1953: “por eso para sacarnos del taller, habrá que matarnos primero.”

Conminados bajo presión a abandonar el local, los integrantes decidieron salir voluntariamente y sostener un diálogo posterior con las autoridades sin aceptar desmovilizarse ni clausurar su festival.

Este lunes, 14 de diciembre de 2009, el poeta Luis Eligio PM Cafria –uno de los coordinadores del proyecto OMNI-Zona Franca- confirmó telefónicamente que el Festival se inaugura a las 5 pm en los espacios privados (casas, garajes) de los miembros del colectivo. Asistirán poetas de La Habana y de otras partes de Cuba.

Según reportes vecinos de la comunidad no entiende las acusaciones contra el grupo y mantienen su reconocimiento a los mismos. Las actividades deben culminar como siempre el día 30 de diciembre. Llegue este texto saludo de quienes permanecemos en vigilia solidaria ante los destinos de esta hermosa experiencia.

Por todo eso hoy me estremece tanto su destino….y no puedo eludir acompañarlos. Porque lo que nos une es el destino de sueños compartidos en torno a una patria y un mundo mejor, donde quepamos todos…acosados por sombras perversas y cobardes y defendidos-tan solo- por nuestra solidaridad y la omnipotencia del amor.

jueves, 10 de diciembre de 2009

REFLEXIONANDO con Marta Lamas


DECIDIR... es una herencia
por Israel Hernández Ceballos

Me tomaba un delicioso café, con música de fondo, y saboreaba la co-paternidad que estaba viviendo con mi bebé, que dormía, admiraba sus ojos y sus pequeñas manos, recordaba su actitud intrépida para explorar el mundo y en cada una de sus acciones, al mismo tiempo me preguntaba: ¿cómo los seres humanos podemos llenarnos de reglas sociales que rigen nuestros comportamientos?, ¿cómo podemos superar las limitaciones que nos planteamos como sujetos con el derecho básico de ser tratados como humanos?


Hace unas noches había leído el artículo tercero dado en la Declaración sobre la eliminación de la violencia contra la mujer donde se señala:


a) El derecho a la vida;
b) El derecho a la igualdad;
c) El derecho a la libertad y la seguridad de la persona;
d) El derecho a igual protección ante la ley;
e) El derecho a verse libre de todas las formas de discriminación;
f) El derecho al mayor grado de salud física y mental que se pueda alcanzar;
g) El derecho a condiciones de trabajo justas y favorables;
h) El derecho a no ser sometida a tortura, ni a otros tratos o penas crueles, inhumanos o indignantes (Resolución núm. 48/104).


Di un sorbo al café, vi a mi bebé que ya había despertado, se levanto rápidamente, ahora ya corría al jardín mientras me preguntaba si gozaría esos derechos que le proveía la sociedad y, en primera instancia, la familia.


Pensaba al mismo tiempo que en la actualidad no sólo interviene la familia para la conformación de un sujeto sino también otras instituciones, principalmente, la educativa. Recordé conversaciones con mi abuela, su enojo y apatía por el hecho de enviar a los niños a la guardería, ella dice: “los niños deben criarse en casa que para eso está la familia”. Al repasar esta frase me parece que esta sabiduría cotidiana encierra no sólo el reclamo del derecho a la transmisión de una educación con los valores inherentes a la familia, sino la posibilidad de manipular esos constructos sociales en la virtud de la herencia. Entonces, lo que en realidad adquirimos como formas de comportamiento, así como el respeto a nuestros derechos surge inicialmente de cómo nuestra familia acepta, modifica, selecciona y genera los constructos sociales que le son dados a partir de una realidad totalizadora.


Recuerdo mi niñez temprana, y me ubico en un recuerdo junto a un río, jugando con una vara a manera de arpón para intentar pescar (aún cuando sólo espantaba a los peces) y jugando con mi papá, cachando la pelota, con mi guante color miel, en tenis con short y sin camisa, ¡Qué agradables momentos! Si reflexiono estos momentos, puedo decir que ya me habían inyectado parte de los constructos sociales en lo referente a mi sexo, ya utilizaba una pelota y mi guante de beis, podía andar sin camisa sin mayor problema, y podía salir de fin con mi papá y mis tíos, sin las mamás, pues ellas debían quedarse a continuar con sus quehaceres domésticos. Entonces podemos señalar que en cada una de las actividades familiares permitidas y negadas a los sujetos bebés estamos gestando comportamientos que serán adquiridos, aceptados o rechazados por nuestros pequeños sujetos y que les permitirán asumir o negarse sus propios derechos en la sociedad.


Es decir, si hubiera nacido en un medio rural, en donde la actividad económica era pescar quizá mi posibilidad de disfrutar dicha acción sería menor o nula, ya que el contexto hubiera determinado mi goce y por tanto mi conformación como sujeto; más allá, si mi hermana estuviera en el contexto rural tendría que cocinar y lavar antes que ir a la escuela. Así, diríamos que las esferas educativas, sociales, culturales, políticas y económicas determinan y estandarizan las relaciones sociales y el reconocimiento que los sujetos tienen de sus derechos humanos y que no es una cuestión exclusiva de género sino una compleja conformación de sujetos.


Y entonces, ¿qué le voy a transmitir a mi bebé?, ¿cómo se configurará como sujeto social?, ¿qué derechos adquirirá y exigirá en la sociedad?, ¿cómo aprenderá sus obligaciones con el resto de la sociedad? ¿Tendrá derecho a decidir y exigir sobre su ser, sobre su cuerpo, sobre su consciencia?


La realidad actual se transforma y resulta tan cambiante que es difícil aprehender una única posibilidad ya que tendríamos que educar sujetos conscientes de sus derechos a partir de las múltiples posibilidades que les proporciona la realidad. Es decir, tendríamos que formar sujetos adaptables, ya que si bien hay una cultura general es posible que en unos años este planteamiento se transforme y sólo transciendan los aspectos que los humanos deseen. En estos momentos, según Nieto Sotelo (2005:102)


Desde el punto de vista ideológico, lo que se ha expandido ha sido precisamente los valores del mercantilismo universal, como valores “únicos”, junto a un individualismo posesivo que no reconoce la diversidad y la pluralidad de las culturas. Hay aquí una especie de fundamentalismo económico e ideológico profundamente reaccionario. El individualismo reinante desconoce, niega y rechaza los derechos colectivos de los pueblos y culturas, para suplirlos por los valores del mercado, siendo el individuo (no reconocido como sujeto) principalmente un objeto de consumo.


Sin embargo, ¿Qué pasa en los puntos ciegos de la geografía mundial, como los ubicados en el Amazonas en su paso con la frontera con Bolivia, donde existen tribus “perdidas” en las que los humanos no tienen valores transmitidos por el mercantilismo universal?


Si bien las estructuras se mantienen también es cierto que se dan rupturas asistemáticas que permiten la conformación de nuevas sociedades permeadas por las comunidades que no han sido influidas y por la evolución social a lo largo de la historia de la humanidad.


De esta manera el derecho a la igualdad de los seres humanos se gesta en la correlación familia-sociedad, el derecho a la no discriminación debe generarse en la no discriminación en el hogar. En este sentido la asignación de los roles en la familia juegan un papel importe. Si bien los roles de los sujetos se han establecidos durante mucho tiempo, estos han dependido de un devenir histórico pero también de las formas sociales instauradas en cada comunidad y en cada familia.


Aunque inicialmente los roles surgieron a partir de una necesidad de sobrevivencia de la especie (el hombre salía a cazar y la mujer cuidaba la descendencia), se han ido modificando, aunque lentamente por lo patrones familiares que están presentes en la actualidad. Es decir, en nuestra modernidad ya no es necesario que se establezca una pareja, hombre-mujer para la manutención y cuidado de la especie, hay nuevas formas que plantean la disociación de este tipo de relación, ya que los medios productivos posibilitan esta ruptura. Entonces ésta posibilita la creación de nuevas exigencias sociales tales como el respeto a la libertad para elegir una pareja sexual, una religión o un grupo social entre otras, condiciones que no eran tan evidentes como en la sociedad actual.


En estos momentos hablamos de los derechos de los niños, de las mujeres, de los homosexuales, a despenalizar el aborto, de los hombres a orinar sentados, de los darketos, etc.; sin embargo, en muchas ocasiones no nos cuestionamos la pertinencia de nuestras acciones en nuestra familia, o la función de la escuela y sobre todo la del docente, no cuestionamos los roles ni los modelos familiares considerando las potencialidades de los seres humanos, sino seguimos manteniendo en una mayoría de familias, el rol marcado por la necesidad de sobrevivencia antes que por la convivencia.


Por ello es tan importante crear una conciencia familiar, en los sujetos sociales de las diferencias sociales, culturales, económicas y educativas así como de las formas de discriminación sutiles que se hacen presentes en los grupos de convivencia.


En este sentido, la primera tarea tiene que consistir en definir, lo más precisamente posible, el concepto de discriminación, que es el fenómeno que en último término la propuesta educativa pretende contribuir a erradicar. Cuando hablamos de discriminación nos estamos refiriendo a un conjunto muy heterogéneo de actitudes y prácticas sociales e institucionales que, de manera directa o indirecta, en forma intencionada o no, propician un trato de inferioridad a determinadas personas o grupos sociales en razón de rasgos o atributos que éstos presentan y que socialmente son poco valorados o estigmatizados. (Gutiérrez, 2006)


En conclusión, pienso que hay un engranaje de derechos y discriminación que está impactado de un vaivén de condiciones y posibilidades para generar y gestar otras formas de percibir, no los derechos de las mujeres o de los hombres, sino de los sujetos sin etiquetas.


Pero, ¿cómo eliminar las etiquetas o los estereotipos establecidos?; veo a mi bebé, Sarita, de año y medio, con su vestido, con su actitud intrépida y coqueta, viene corriendo hacia mí, su tío condescendiente; y como no ser así si es una niña hermosa, eso está más allá del bien o del mal.




Xalapa, Ver. 9 de diciembre de 2009




P.D. Gracias Marta Lamas por tu charla de Café.




Foto de: Rotmi Enciso/ Producciones y Milagros Agrupaciön Feminista, A.C.

 http://www.flickr.com/photos/produccionesymilagros/1053308014/




Bibliografía

Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal (2003). Violencia contra las mujeres privadas de libertad en América Latina.


 Secretaría de Salud (2003). Innovando en Salud. Esquema metodológico para incorporar los derechos humanos en salud, con el enfoque intercultural.
Herrera Madrigal, Irene (Comp.). Derechos Humanos, Universidad Veracruzana Intercultural.
Derechos Humanos de las Mujeres, Capítulo 5. (Fuente no incluida)

sábado, 5 de diciembre de 2009

RESEÑA de libro

Mariposa de Cristal
De Raúl de León Alcocer
Por E. Oracio Barradas Meza




“…Para debutar como aspirante a alcanzar el éxito en el México de hoy es estrictamente indispensable: pensar mierda, sentir mierda, comer mierda y respirar mierda, hasta retroceder a la etapa irracional y salvaje, millones de años antes del homo sapiens”.



Toda historia comienza con circunstancias que la vida nos pone de frente, un nuevo proyecto que no concluye hasta que asimilamos conscientes ese proceso.En esta ocasión les quiero hablar de un libro que llego a mis manos a través de un amigo con el que pocas veces nos frecuentamos por el ritmo de vida en la ciudad, trabajo y trabajo, horarios absorbentes y una vida agitada llena de todo menos de espacios para la lectura, por ello la sugerencia de leer este libro y compartir de alguna forma el trabajo de este autor resulto interesante, pues a veces iniciar alguna lectura por cuenta propia resulta un reto al que le puede ganar la indiferencia y o la falta de costumbre hacia los libros.
El titulo que llegó a mis manos (con la sugerencia de dar algún punto de vista al concluir su lectura), me ha dado el espacio para recordar mi época como estudiante y esa situación que la mayoría sufrimos, la separación, el corte del cordón umbilical con la familia para ser llevados por el conocimiento que la educación nos promete, un futuro mejor es la consigna y el objetivo que ciegamente buscamos, desgarrados al separarnos del hogar.
Ese es el primer acto al que me remite “Mariposa de Cristal”, un libro de Raúl de León Alcocer y que hoy quiero les compartir. Se desarrolla en los años ochenta describiendo la metamorfosis de jóvenes que se insertan en el mundo de la educación superior buscando un futuro mejor en el contexto de nuestro México, subliminal mensaje que perdura en nuestros días en ese surrealismo que nos atrapa hasta enfrentarnos a nuestro propio yo y al sentido de la vida.
Al tenerlo en las manos pudiera parecer un libro común; sin embargo, después de que te internas en sus páginas resulta ser algo mas que la primera impresión visual, una historia de vida, una radiografía del proceso de adaptación de jóvenes en una nueva etapa muy distinta, el inicio de estudios acompañado del descubrimiento de sus capacidades intelectuales, de relacionarse con sus compañeros, sus miedos, deseos y objetivos.Es así que la insoportable incertidumbre de la juventud inexperta de lo nuevo despierta en un mar lleno de interrogantes y en el caminar hace historias de vida y marca en definitivo el destino que hay que seguir.Hallarse solos en el desierto de la nostalgia del hogar, de los amigos y los amores a distancia y enfrentarse al rigor, rectitud y la exigencia de la escuela los hace caer en la metamorfosis cotidiana de su animalidad inexperta ante el peligro de lo real, el morbo por lo desconocido y más aún para lo que no esta institucionalizado y lo que trasgrede.Es un libro fácil de leer, su lectura es ligera y el autor le imprime su lado poético incluyendo un lenguaje coloquial, divertido, homoerótico que no es grotesco, acompañado de imaginación y realidad que juntas dan como resultado que el lector devore las páginas rápidamente.El autor habla también de una realidad que sucede en la Universidad de Chapingo, la corrupción, la desigualdad y el ingreso de los nuevos alumnos a su alma mater que les promete proveerles de conocimientos pero sin cuidarles de los peligros que la misma institución ha albergado, tolerado y a la cual les tocara enfrentarse, una de ellas el de las ideologías que solían acompañarlos no solo en las casas que habitaban, sino en las aulas, rayando en un fanatismo que no tenía armas ni explicación al momento en que los dogmas se estrellaban con las pasiones del hombre.Esta universidad mayormente demandada por varones para convertirse en agrónomos y ser “quienes exploten la tierra y no a al hombre” convive con una minoría que ahí vive, crece y se desarrolla cotidianamente, pareciera ser contradictorio que estas no cuentan y no trasgreden los espacios en donde la mayoría se impone, pero en esta historia la minoría es quien cobra importancia.El libro tiene tres personajes principales, Margot es uno de ellos, quien sufre una transformación sexual y que resulta ser un cambio en el que participan los que lo rodean, una metamorfosis que no solo sufre ella, sino también los otros personajes que al final de la historia se encuentran distintos a quienes años atrás lo fueron. Por ello lo interesante de este libro, ese proceso que se relata en un espacio lleno de tabúes pero en el cual tienen cabida la amistad, el amor, el desamor, la pasión, la traición y todas las pasiones propias de los seres humanos capaces de vivir lo que les toca.Cada uno huye de sus miedos, de la realidad, de saberse vulnerable y encontrarse en un pasadizo que no tiene final y es desconocido. Así, los personajes emergen en sus propios miedos a las decisiones finales de sus vidas, eligiendo caminos distintos al que alguna vez compartieron, ahora solo los recuerdos evocados por la nostalgia los volvería a juntar.
“…Margot procedió a quitarse la gargantilla, pero Demetrio la detuvo, déjatela puesta fue hecha par ti…”


Gracias a la sugerencia y colaboraciòn de Sergio Martinez C.

sábado, 28 de noviembre de 2009

ARTÍCULO sobre el comunismo


Buenos comunistas

Por Armando Chaguaceda

Estudiante de doctorado en la UV


En estos días del vigésimo aniversario de la caída del Muro levanta tantos lamentos, silencios y conmemoraciones, vale la pena re-visitar otras tramas, íntimas, de la utopía comunista.

Hacerlo desde la existencia de personas que han entregado su vida al proyecto de una sociedad decente. Sí, decente, porque este término, aparentemente “desideologizado y burgués,” cuando se traduce en actos cotidianos, privados y públicos, representa un valladar contra las censuras, cansancios y fanatismos que han envuelto la épica anticapitalista en estos 92 años de socialismo de estado, y en particular, en su medio siglo de capítulo cubano.

Hace unos años caminaba por el boulevard de Obispo en la Habana Vieja y sentí una palmada sobre mi hombro. Al voltearme encontré a un viejo amigo que, acompañado por su esposa, me abrazó mientras le decía “mira amor, este es uncomunista bueno.”

En este caso el elogio personal y la ofensa ideológica eran comprensibles: el chico había sido sancionado tres años antes, mediante pretextos de “fraude” que ocultaban los dogmatismos, prejuicios antirreligiosos y la inhumanidad de algunos profesores.

El caso: había hecho un ensayo evaluativo asumiendo todo el trabajo y poniendo, por solidaridad, el nombre de un colega de bajo rendimiento docente. Descubierto el asunto, se había propuesto expulsarlo de la universidad, pero la férrea oposición de compañeros y dirigentes estudiantiles (que armamos carteles, cartas de protesta y una comisión de diálogo) logró conmutar la pena por la reprobación de la asignatura y el alargamiento, por un año, de su egreso.

Pero la decepción sufrida (sufría además el fuego de la jerarquía de su templo evangélico que lo acusaba de comunista) sumada a la difícil situación familiar (dos ancianos y una madre casi demente en absoluta pobreza) lo hicieron rendirse y abandonar los estudios para ponerse a buscar dinero, con la idea de que “toda la política es una mierda.”

Traigo la anécdota-que siempre me estremece- porque esta semana he compartido con varios “comunistas buenos.”

He hablado en sueños con mi abuelo materno, comunista sin carné, fidelista sincero y no incondicional, amigo de abakuás, crítico de locuras como el fin del Mercado Campesino y miembro del Colegio Electoral del barrio, cuya muerte en 1993 me privó de insustituibles consejos.

Conocí una excelente profesora cubana, cuya historia de rebeldía ante la mediocridad y el oportunismo -que nos privaron de su presencia- es leyenda en la Universidad de la Habana.

He compartido con un compatriota de medio siglo de prolífica y accidentada trayectoria dentro del estado y la academia cubanas, que ejerce su fundamentada autonomía intelectual -no a pesar de su militancia sino precisamente por ello- y comparte mi terca esperanza en que construiremos una democracia deliberativa y una sociedad transparente donde los derechos de la gente no sean administrados discrecionalmente por la burocracia o el mercado salvaje.

Acompaño, en la distancia, el empeño de varios hermanos que, dentro de la isla, debaten, marchan y sueñan con “cambiar todo lo que debe ser cambiado,” a pesar de zancadillas y bloqueos internos.

A ellos quiero, con mis palabras, rendir homenaje, pues no saben cuánto les debo. Me han hecho un ser más pleno y feliz, dándome fuerzas para desterrar temores y egoísmos, para seguir creyendo en empeños colectivos.

Creo que la suma de sus actos, muchas veces callados y pequeños, han sostenido las zonas de decencia existente en nuestra vida pública, cada vez mas urgida de aquella “aspirina del tamaño del Sol” que nos prometía Roque Dalton, el inmortal bardo salvadoreño.


Foto: Edgar Onofre

sábado, 21 de noviembre de 2009

PRESENTACIÓN de Libro


La historia vivida en las representaciones espaciales:la conformación del espacio tzeltal-tzotzil, Ensayo de aproximación geoetnográfica
De Joaquín Roberto González Martínez




Instituto Veracruzano de Cultura, Colección Atarazanas,
Veracruz, Ver. 2008.
ISBN 970-687-071-7


Por el Mtro. Sergio Vásquez Zárate

El Doctor Joaquín González Martínez es un prestigiado investigador del Instituto de Investigaciones Histórico-Sociales de la Universidad Veracruzana, miembro del SNI y autor de varias obras sobre historia social, antropología y geografía histórica. Su formación profesional resulta atípica, pues son pocos los casos en que se conjuga una preparación y formación académica como historiador y como geógrafo, generando así un provechoso campo transdisciplinario, que tuvo como uno de sus primeros frutos, la disertación doctoral que nuestro amigo y autor de la obra que hoy se presenta, sustentó con éxito en la Universidad de Varsovia, en 1992.

El libro que hoy es motivo de estos comentarios es una edición corregida, enriquecida y aumentada de otras versiones mas cortas. En La Historia Vivida en las representaciones espaciales: la conformación del espacio tzeltal-tzotzil, el autor trata de subrayar la importancia de manifestaciones culturales de “larga duración”, cuya trascendencia aún es vital en el orden social de los pueblos indios de tradición mesoamericana.

La lectura de esta obra brinda una nueva oportunidad de replantear algunas ideas relacionadas con el estudio del paisaje, concepto que representa una categoría cultural que concilia el tiempo y el espacio social. Esta noción -aplicada al estudio de poblaciones autóctonas de América y plasmada en el libro que hoy se presenta-, seguramente tendrá eco y un provechoso debate en los programas académicos de Antropología, Historia, Geografía y Arquitectura, entre otros campos del conocimiento.

Cuando uno es convidado a participar en una presentación editorial, es común hacer sólo una reseña donde al final, se reitere la invitación para adquirir o para leer el libro presentado. Pero en otros casos conviene comentar las partes substanciales de una obra, sea por su aportación científica o literaria, o en su caso, para señalar los pasajes más polémicos que el escritor tuvo a bien consignar en su creación.

La historia vivida en las representaciones espaciales no escapa a ambas posibilidades de lectura; puede retomarse como un libro sugerente e inspirador, pues propone caminos poco surcados para entender realidades sociales que se remontan incluso, hasta los tiempos prehispánicos. Pero también incluye marcos de análisis e interpretaciones que pueden ser debatibles entre los especialistas, pues es bien sabido que los ámbitos hermenéuticos nunca son unívocos, ni terminales.

En todo caso, la obra que hoy se presenta mantiene un tono provocador, pues considero que tiene el mérito de despertar reacciones u opiniones en el lector, sobre las interpretaciones del autor, o sobre las maneras en que se aplica un modelo de oposiciones para revelar el principio dual del pensamiento indígena.

No se piense con ello que la obra carece de sustento teórico y empírico. Si algo caracteriza al doctor González es su honestidad académica y su seriedad científica en los procesos de investigación. En varias ocasiones, el mismo autor advierte en el libro sobre el límite de sus posibilidades para asentar una u otra idea, cuando el alcance de sus datos parece insuficiente para sugerir una interpretación o brindar una conclusión.

Empecemos por comentar el título: “La Historia vivida”, pues tan solo el concepto de “historia” puede tener varios significados. Como es sabido prevalecen dos, aquel que se refiere a los hechos del pasado, es decir a los hechos en sí mismos, y la Historia como una concepción, estudio o interpretación de los hechos. En todo caso, Joaquín González centra su atención en aquella historia que no cambia, que trasciende, que permanece. Es decir, enaquellas manifestaciones de carácter tradicional que implican una significación social y que le dan contenido a la identidad de los pueblos.

No está por demás insistir que la cultura no debe entenderse como un repertorio homogéneo, estático e inmodificable de significados. Por el contrario, puede tener unas áreas de persistencia y estabilidad, las cuales le confieren mayor solidez, vigor y vitalidad y, a la vez, también presenta “zonas de movilidad y cambio” que torna y transforma a las manifestaciones culturales y las hace cambiantes y poco estables. Lo importante aquí, es tener en cuenta que no todos los repertorios de significados pueden considerarse identitarios, condición que ocurre cuando dichos significados son compartidos y relativamente duraderos.

Por eso precisamente, el autor tuvo a bien seleccionar tres ensayos (convertidos en capítulos) y los enmarca en una “historia vivida”, aquella -dice Joaquín- “cuyos hechos, reales, míticos y legendarios, se codifican en una serie de objetos que transmiten un mensaje, dando un sentido culturalmente definido al pueblo de referencia” (p.10). En otras palabras, se refiere a la presencia de formas “interiorizadas” de cultura (como las definió Pierre Bordieu) que a su vez se objetivizan o materializan en distintos ámbitos de la vidasocial, cotidiana o ritual.

En este sentido, el libro trata de una Historia que se vive en la organización del espacio y en el diseño del paisaje. Esta conformación, como muchos autores han señalado, es una construcción social, que rebasa el simple escenario natural y se “culturaliza”, dotándolo de valores, significados y pautas. Dicha codificación cultural e histórica del espacio representa una extraordinaria oportunidad para entender la conducta humana y su devenir. Siguiendo esta línea, la investigación reconoce el legado teórico de historiadores, antropólogos y geógrafos como Fernand Braudel, Vidal de laBlache, Carl Sauer o Villa Rojas, y recurre también a las propuestas de investigadores contemporáneos como Alfred Simmens, Henri Favre, Alfredo López Austin o Andrzej Dembics, entre otros.

Las fuentes principales de este trabajo se pueden dividir en tres grupos:

a) Los códices, y particularmente el Códice Borgia, que constituye la base principal del eje de análisis

b) Los dibujos o representaciones gráficas elaboradas por informantes indígenas de los Altos de Chiapas en la primera mitad del S. XX

c) La percepción del espacio en el imaginario tzotzil y tzeltal, documentado en el trabajo de campo por el propio autor

El punto de partida fue entender qué es y cómo funcionaba el Altepetl, concepto náhuatl que evoca una unidad territorial que con frecuencia se ha interpretado como “población”, “pueblo” e incluso, como “comarca”. En este tema, González se apoya en los estudios de Lockhart y García Martínez, para definir las características de los Altepeme (pl.), entre las cuales destacan: la subdivisión generalmente cuatripartita, la conformación de linajes, la existencia de deidades tutelares o particulares y una organización interdependiente, donde suelen distribuirse derechos u obligaciones mediante sistemas igualitarios o rotativos. Es claro que la extensión y concentración de los altepeme pueden variar, muchas veces en razón de sus posibilidades de acceso a los recursos y productos.

A pesar de su aparente diversidad, prevalece el dominio de una cabecera, aún sobre las secciones más dispersas del altepetl. En ella se realizan funciones de control, de intercambio o de gestión colectiva, como el establecimiento de un mercado o la realización de actividades ceremoniales o rituales. Por otra parte, resulta significativo que la distribución y organización de las partes estuvieran determinadas por un orden social, espacial y temporal, como se trata de demostrar a lo largo del libro. Incluso la rotación de los poderes era constante entre las cuatros secciones del altepetl, como se demuestra los casos de Tlaxcala, Chalco o Tenochtitlan. Un diagrama de esta rotación evoca gráficamente el símbolo nahuatl del ollin, el movimiento continuo, pues esta transmisión se caracteriza por la ausencia de un poder absoluto y definitivo.
Una vez consumada la conquista de los pueblos mesoamericanos, este modelo de ordenamiento territorial y político fue aprovechado por la administración colonial española, imponiendo sobre los altepeme otra forma semejante de unidad espacial que respondiera a los requerimientos europeos “de la encomienda, la evangelización y el control político y económico de la población indígena” (García Martínez, cit. en p. 23) Joaquín González sostiene la hipótesis de que el conquistador adaptó la sobreposición de un cuadrado (el damero europeo) sobre otro cuadrado (el altepetl). Esta adaptación impuesta a la población nativa ayudó a la asimilación de los elementos culturales europeos y pudo reproducir derechos y obligaciones en los grupos integrantes de la unidad territorial. Sobre cada pueblo o cabecera se erigió una parroquia y en cada sección se construyó una capilla. Así se reprodujo de alguna manera la lógica simbólica del altepetl, como base territorial, política y social. Pero cabe preguntar: ¿se conservaron sus principios ideológicos básicos?. Debe recordarse que el sistema de partición cuatripartita o la organización derivada en parejas o en mitades evoca el concepto filosófico de la dualidad, principio ordenador del mundo y de los cualidades y las acciones en la cosmovisión mesoamericana.

La dualidad es, en efecto, el origen o fundamento de una serie de relaciones recíprocas e inversas en continua pugna. En este movimiento (el ollin), radicaba todo principio creador, no solo del hombre y todas las cosas, sino también de las mismas deidades. Ometeotl, el dios dual, a la vez hombre y mujer (Ometecuhtli-omecihuatl), generó cuatro deidades que gobernaban los cuatro lados o costados del mundo. En esta percepción espacial había un centro, un axis mundi, que en sí mismo constituía el eje de una dirección vertical, hacia los 13 niveles superiores o celestes, y hacia los 9 niveles inferiores, el inframundo.

Muchos son los testimonios pictográficos (vg. los códices), que representan esta concepción del mundo. También existen representaciones derivadas del trabajo etnográfico, como las que documentó Villa Rojas entre los grupos mayances de Yucatán y los Altos de Chiapas. Por otra parte esta cosmogonía se apoyaba en minuciosas observaciones astronómicas, que reconoció constantes y ciclos astrales en el horizonte, sobre el cenit, y sobre los puntos solsticiales y equinocciales en el año. De esta manera, la concepción vertical del universo permite una conjugación integrada del tiempo y del espacio, de manera que evocan el orden regulador de todas las manifestaciones de vida humana, animal y vegetal.

Los rumbos de universo, además, se asocian a conceptos o cualidades. Siguiendo el texto: el oriente al paraíso y la fertilidad, el oeste a la actividad doméstica, el norte a la naturaleza y el sur a la muerte y el renacer del mundo y de la vida por medio del sacrificio. A partir de esta idea, el autor revisa las seis regiones del mundo (cuatro horizontales, un mundo “de arriba” y un mundo “de abajo”), tal cual y como están representadas en el Códice Borgia (láminas 18-21). Cada lámina representa dos mitades: una el espacio terrestre y la otra, frente a ella, su respectivo cielo superior. Entre ambas existe una relación recíproca u opuesta, de manera que la aplicación de un modelo estructuralista de ejes de reciprocidad u oposición resulta sugerente para facilitar la comprensión del sentido dual de estas representaciones. Este ejercicio permite descubrir significados complementarios e inversos, aunque no necesariamente antagónicos) que solo cobran coherencia ante la presencia de su contraparte: ¿cómo evocar la luz sin obscuridad? (y viceversa), o bien, ¿cómo concebir la vida sin una noción de la muerte?, ¿cómo definir lo que es “bueno”, sin que exista un concepto antagónico?, el de “lo malo”. Apoyado en una interpretación de Eduard Seler, se descubren en el códice representaciones de los rumbos del universo, divinos o terrenales, del norte o del sur, del este o del oeste, siempre en binomios inversos o recíprocos, con los respectivos valores asociados a los dioses o a los tiempos, pero igualmente contrapuestos: muerte-vida, frío-calor, oscuro-luminoso (solar), material-espiritual. En suma, este rico documento –el códice evoca el principio de la dualidad prehispánica y transpone la concepción del espacio y del tiempo, a partir de oposiciones o de correspondencias.

Pero la importancia de dicha interpretación iconográfica en el Códice Borgia, no solo se refiere a una concepción remota y lejana. Joaquín González trata de demostrar en su segundo ensayo, que la conformación del espacio (como se concebía en tiempos mesoamericanos), trasciende también a los sistemas de poblamiento y de organización social de las sociedades indias actuales, que son herederas de esa cosmovisión (el “núcleo duro”, según López Austin).

Para probar ese modelo, el autor analiza la conformación del espacio tzotzil y tzeltal. Al igual que otras sociedades indias cada comunidad constituye una unidad cultural en sí misma y, pese a que el territorio chiapaneco es un mosaico heterogéneo y pluriétnico, los grupos analizados a mediados del siglo XX, aún conservaban su identidad cultural, diferenciada de las comunidades vecinas.

En términos económicos, ambas etnias constituyen sociedades campesinas que practican la agricultura de autoconsumo, con actividades orientadas al intercambio y a la producción artesanal. Para sobrevivir, los alteños con frecuencia deben trabajar en las plantaciones cafetaleras de los ladinos, es decir, de los mestizos, quienes detentan el dominio político y económico regional. Sin embargo, a pesar de estas migraciones temporales, las comunidades indias conservan formas de gobierno propio, mediante el otorgamiento de cargos civiles y religiosos que, al igual que los excedentes agrícolas, procuran el beneficio colectivo más que la acumulación de bienes materiales, mediante el “capital simbólico” que el individuo gana con su aportación a la comunidad. Al igual que los linajes mencionados en los altepeme, la organización social se estructura en torno a sistemas de parentesco, que suelen ser endogámicos y reproducidos en el paraje al que pertenecen. Cabe mencionar que su estructura religiosa es, sin duda, el aspecto fundamental para entender el principio de la dualidad, como se plasma en los conceptos y fenómenos, en las deidades antagónicas, en la existencia de animales compañeros a cada individuo (animal-humano), y en suma, en la concepción del mundo (sea vertical o lineal, terrestre o celeste, interno o externo).

Como ocurría en los altepeme, los grupos tzeltales y tzotziles de los Altos de Chiapas recurren vehementemente a mantener el orden espacial (y social) de sus asentamientos. Aún los parajes diseminados, cuyo asentamiento parecería caótico en la lógica urbanística occidental, se aglutinan o se identifican política y socialmente en un centro ceremonial (teklum). En las comunidades compactas la población también se concentra en barrios, que también se estructuran en torno a un teklum. En las unidades territoriales básicas (como son los parajes o los barrios) se presenta nuevamente una forma social de integración, donde los grupos se identifican en torno a un geosímbolo, como un manantial, un cerro, e incluso a referentes mucho más explícitos, como los cementerios. Una vez más, se manifiesta el principio de la dualidad como sustrato filosófico del pensamiento religioso y de la cosmovisión, mediante alusiones objetivadas que distinguen los espacios sagrados y profanos, que sacralizan cerros (kalvarios) y cuerpos de agua (manantiales) y los convierten en una forma de patrimonio. En contraparte, también identifican las moradas de demonios o entidades que pueden causar todo tipo de calamidades. Uno de ellos se representa en la figura de un pequeño ladino que acumula inmensas riquezas y por consiguiente evoca la maldad y la negación de la indianidad.

Es necesario reiterar que los parajes o los barrios implican fuertes niveles de integración y de cohesión; según González:

“el paraje, más que una institución definida en términos de asentamiento territorial, se debe caracterizar como una estructura social que reasienta y desplaza sucesivamente, llevando consigo sus cruces, sus dioses, sus animales compañeros que habitarán nuevos espacios sagrados en lugares que, en la víspera eran aún profanos” (p. 84)

En suma, el autor sostiene enfáticamente que los parajes no son una forma aleatoria de asentamiento, reproducen un paradigma de sociedad cuyos orígenes pueden encontrarse en los antiguos altepeme. Sin embargo, a lo largo de la historia fue necesario sincretizar otras prácticas religiosas, como la presencia de la protección tutelar de un santo patrono católico, evocado en su respectiva capilla. A estos procesos debemos agregar las prácticas tradicionales que fortalecen la cohesión, por ejemplo, el trabajo recíproco, la redistribución de excedentes agrícolas o a la supervivencia de la propiedad comunal, es decir, todo aquello que no se asocie a la acumulación individual y a los anhelos de riqueza material. Las mismas prácticas endogámicas dentro de las comunidades guardan profunda observancia a las reglas de los clanes y linajes.

Otros factores intervienen en la división e interrelación de secciones cuatripartitas o diseccionadas en mitades; por ejemplo, los niveles topográficos de altitud, que provocan o inhiben (dependiendo del acceso a bienes y recursos), los contactos de los grupos indígenas con la población ladina e incluso, con otras comunidades indias.

El sistema de mitades, como se revisa en el ejemplo mesoamericano del códice Borgia y en el caso etnográfico de los Altos de Chiapas, mantiene una estructura integradora, en la cual las cabeceras o los teklum son las sedes del poder político y religioso y simbolizan también la identidad comunal. Esta identidad se cohesiona en torno a valores comunes, aunque internamente diferenciados, como se expresa en la forma y el emplazamiento espacial del área central de un altepetl o de una comunidad. En ellas puede identificarse la relación recíproca o inversa de dos fuerzas que se complementan y que dan sentido a prácticamente a todos los aspectos de la vida: las fases de la agricultura, la noche y el día, el calor y el frío, lo femenino y lo masculino, lo seco y lo húmedo, la creación y la destrucción, lo indio y lo ladino, lo tradicional y lo moderno.

El esquema de oposiciones que se analiza en La Historia vivida revela otras dimensiones las cuales pueden ser ventanas propicias para atisbar en la transformación de las relaciones humanas de los grupos tradicionales. Por ejemplo, la alteración de prácticas patrimoniales en una lógica de acumulación capitalista, o la apropiación y uso de los espacios ante nuevas presiones demográficas, o recientemente, las inevitables interacciones entre los ámbitos rurales y urbanos, a las que el indígena debe enfrentarse con mayor recurrencia.

El modelo de comportamiento socio-espacial, que en esta obra se presenta como “historia vivida”, puede ser útil para abordar otras estructuras culturales. Por ejemplo, el sistema cuatripartita de los Uru asentados en al territorio Chipaya de los Andes Bolivianos que presenta impresionantes analogías (Cap. III). Y que de una u otra manera, coincide con la lógica del altepetl mesoamericano y de sus persistencias contemporáneas entre los grupos tzotziles y tzeltales. Es decir, también en el Tawantynsuyu se presenta esta lógica basada en el principio de la dualidad y el desdoblamiento en cuatro regiones y en cuatro soles o edades del mundo.

La obra que hoy nos ocupa pretende demostrar como las estructuras de poblamiento pueden contribuir a la preservación de elementos culturales identitarios de un pueblo determinado. Los patrones de asentamiento, mantienen una estructura de “larga duración” o lo que López Austin llamaría un “núcleo duro” que codifica en el espacio sus ideas cosmogónicas y permiten reconocer las categorías sociales en las pautas de su asentamiento. De esta manera, el espacio es un depositario de cultura y no solo el medio sine qua non del análisis geográfico.

En suma, los sistemas binarios que aquí se aplican demuestran su aplicabilidad estructural en el ordenamiento espacial y temporal, pues evocan cierta universalidad y, por ende, propone sugerentes perspectivas para la comprensión de numerosas prácticas y comportamientos de la población humana.

Esperamos que el libro tenga una buena acogida y propicie opiniones académicas sobre su propuesta.



Museo de Antropología de Xalapa
Noviembre de 2009